
Y es que desde este lado del sofá he observado ya durante 23 años lo que ha ido pasando a mi alrededor. Este sofá, que comenzó siendo de piel de sospechoso origen animal en el que me bebí mis primeros biberones, pasó a ser un sofá cama en los noventa, o el más confortable tresillo de estilo retro vintage que mi madre compró en una exposición haciendo un guiño a sus tan geniales años 60. En Madrid pasó a tener forma de puf relleno de pequeñas bolitas blancas que se adecuaban a las mil y unas formas de ver el mundo. Y hoy, desde Inglaterra y como no podía ser menos en mi nueva aventura, me encuentro sentada en un sillón victoriano con un suntuoso tapizado en verde y rosa.
Enroscada en mi manta de punto en invierno o enfocada por un gran ventilador en los meses de calor he escrito sobre casi todo. Mis compañeros varían en cada situación, si veo que la cosa no va del todo bien la tarrina de helado de chocolate belga es mi fiel confidente, si un foco de luz ilumina mi sofá sintiéndome estrella de mi propio escenario, una coca-cola light es la testigo de mi posible debut. Pero si comparto sofá, manta o ventilador con alguien más, la mezcla de fresas, azúcar, lima, vozka y hielo hacen del caipiroska de fresa el complemento perfecto. De todas formas, un vaso de cristal azul con contenido trasparente e insípido siempre ha sido testigo de mi gran historia.
La decisión es tuya. Ahora sólo tienes que servirte otra taza de té, sentarte y acompañarme a ver el mundo desde el otro lado del sofá.
